Aprender a tocar el violín no es muy distinto a cocinar un plato de tallarines. Se hierve el agua, se le echa la sal, se echan luego los tallarines, y se los revuelve por un minutito para evitar que se peguen en el fondo de la olla. Una vez pasado el tiempo justo, se los cuela y se los une al condimento, que se suele preparar en simultaneo en la hornalla de al lado.

Una de las peculiaridades es que, a diferencia del plato de tallarines, en el caso del violín no podemos apurarnos y sacar la olla del fuego un poco antes, y llamarlo al dente. No, con el violín no se pueden arrebatar las cosas, hay que tratarlo con el respeto que merece.

El trigo del violín es muy distinto al del pan de todos los días, su creador fue ese mismo genio que decidió cortarle la crin a la yegua, sacarle el jugo al pino, y así hizo que las cuerdas vibren. Es un trigo muy duro, tan duro que a esos tallarines hay que cocinarlos por cinco años. Un riesgo muy alto, imagínense dormir más de mil quinientas noches con la hornalla viva, muy poca gente se atreve a hacerlo. Pero no hablemos solo de lo malo, porque todo aquel que lo logre, ¡va a saborear la gloria!

Yo a los míos los tiré al agua hace un añito. Mirá vos, y que rápido que se pasó. Y aunque falten cuatro más para que pueda finalmente disfrutar de mi carbonara, estoy muy relajado, porque sé que en mi casa no se va a cortar el gas, y que la hornalla va a seguir prendida, ablandándolos a esa velocidad de tortuga.

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