A finales de agosto el calor ye notable en Villabre, que ye un lugar diferente. Una de sus particularidades ye que hay más gatos que hombres, y más perros que mujeres. El calor llevonos a descuidar la puerta de la casa y dejarla abierta. Ese fue un gran error, ya que uno de nuestros amigos felinos, el más confiado de todos, entró a la casa como si fuera suya. Presumo que quería un trozo de ese exquisito jamón español cuyo excesivo contenido graso convidábamos a los gatos y a los perros del pueblo.

El delincuente felino trájonos un problema: pulgas. Sara dormía en la habitación de abajo, y yo en la de arriba. Percatámosnos de la presencia gatuna en la casa antes de que este pueda subir la escalera, entonces, como sugiérelo la lógica, las pulgas no llegaron al segundo piso. Al día siguiente, Sara mostrome las picaduras de estas criaturas evasivas, y para poder dormir con más tranquilidad, preguntole a Charo si podía pasar la noche en su casa hasta resolver el problema. Charo ye viuda desde hace algunos años y ya habíase encariñado de nosotros antes del dilema, entonces contentamente invitola a la habitación para los huéspedes.

Los siguientes tres días fueron intensos, no teníamos que trabajar, pero terminamos gastando más energías que los días laborales encargándonos de la desinfección del primer piso. Fueron días de brisca y divertimiento. Con Sara caminamos en subida a Yernes, que encontrábase en la cima, y tomamos unas birras porque llegamos tarde para el costillar, que ofrecíase una vez al mes y atraía una muchedumbre que no ye común de estos pueblos tranquilos. Después de haber tomado un par de birras y un whisky que era difícil de tragar, díjele a Sara que me atraía. Ella se rio y siguió fumando.

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